Hambre y seda

by: Herta Müller

Ediciones Siruela, 2011

ISBN: 9788498418026 , 192 Pages

Format: ePUB

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Price: 9,99 EUR

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Hambre y seda


 

Sobre la frágil institución del mundo*


Discurso con motivo del Premio Kleist


En la obra de Kleist encontramos una experiencia del mundo que no se adquiere ni a través del conocimiento ni del sentimiento. Al leer descubrimos cómo todo está irremediablemente ligado con todo y todo depende de todo. Cómo aquellas vivencias del exterior que se fijan en el interior de nuestra cabeza obedecen a un proceso de autoselección. Cómo permanecen luego así dormidas, inmóviles, y cómo, mientras duermen, continúan siempre pendientes de sí mismas. Tanto que uno sucumbe a ellas. Con independencia de que uno llegue a saber lo que vale la vida por sí mismo o por otros, de que conserve esa conciencia para sí mismo en forma de silencio o la haga salir del cerebro en forma de frase, el punto de origen de tal conciencia se pierde irremediablemente, sus propias intenciones no alcanzan a cumplirse. Lo que realmente vale la vida es algo que nunca logramos vislumbrar. Sólo vislumbramos frágiles creaciones del instante. Y provisionalidades construidas que apenas se sostienen hasta el paso siguiente.

Una vez, un niño de siete años se metió en el río de las afueras del pueblo a lomos de su caballo, y en la misma agua había muchos otros niños bañándose. El sol era lo único sobre sus cabezas y su propia piel lo único que llevaban sobre el cuerpo. Durante cierto tiempo, miraron con envidia al niño que llegaba a caballo. El vientre del caballo brillaba incluso antes de mojarse.

Cuando el caballo, en medio de los meandros del río, tiró al niño al suelo y lo pisoteó hasta matarlo, nadie quiso mirar. A los otros niños ya se les había pasado la envidia hacía rato y también hacía rato que cada uno tan sólo estaba pendiente de su propia piel mojada. No obstante, todos estaban allí cuando el caballo mataba al niño debajo del agua. También el padre del niño estaba presente. Estaba en la orilla, sacando paladas de arena. Aprovechaba el final del verano para construir una casa en la que pudieran vivir en invierno.

Hasta que no hubo cargado la arena en su camión, el padre no vio al caballo en el río sin el niño. Se tiró al agua con toda su vieja ropa puesta y buceó. Poco después sacó al niño muerto hasta la orilla y lo depositó en el suelo.

Unos cuantos niños vieron en aquel momento cómo una persona puede envejecer en un instante: en un abrir y cerrar de ojos, el cabello del hombre se volvió gris. Doce pares de ojos habían visto todo lo sucedido. Pero, al mismo tiempo, los niños no vieron nada que pudieran describir, no podían decir cómo había sucedido. Habían presenciado un proceso que era completamente transparente a la vez que un enorme espejismo: habían presenciado cómo la vida de aquel hombre se acercaba a su final de un modo similar pero también del todo distinto a la muerte de su hijo.

Aquel proceso lo mostraba todo y nada, igual que cuando alguien, en un único movimiento, se cubre los ojos con una manta gris que no existía antes de tal movimiento.

Luego, el hombre encanecido sacó al caballo del agua y lo ató con una cuerda a un nudoso manzano silvestre. Cogió el hacha del camión y empezó a golpear al caballo en la frente. Las pequeñas manzanas silvestres caían del árbol. El caballo, entre hachazo y hachazo, hasta que cayó al suelo, mantuvo la vista clavada en los ojos del hombre. Y éste siguió propinando hachazos al caballo caído hasta partirle el cráneo. El hombre no pudo parar hasta agotar su horror a base de golpes. Hasta entonces no pudo sentir el dolor que lo paralizó.

Todos se quedaron mudos. El murmullo del agua era lo único que se oía. Se oían los hachazos, pero demasiado poco en comparación con la acción que resultaba de ellos. Se oían caer las manzanas. Se oía cómo el caballo ahogaba sus chillidos, pero se oían demasiado poco en comparación con un animal tan grande que había matado a un niño. El hombre del hacha no perturbaba a nadie.

Se daba por supuesto y era justo que también el caballo tuviera que morir. Pues ¿quién podía o quería comprender que se estaba castigando a un caballo según un rasero humano, que aquel caballo no era ni bueno ni malo sino que estaba por encima de lo que había hecho y era, sencillamente, un caballo? Como el caballo vivía y el niño había muerto, se era consciente de que, a partir de entonces, el caballo estaría todos los días en el preciso lugar del que faltaba el niño muerto. Y eso no podía ser. Cada hachazo revelaba más claro de qué está hecha la cabeza de un caballo.

Cuando debajo del manzano silvestre no quedó más que un amasijo de huesos y cerebro sobre la arena, dejó de existir la institución «cabeza de caballo». Una institución para tirar de la carga y comer hierba. En aquella cabeza no había otra cosa. Por consiguiente, aquella institución para tirar de la carga y comer hierba también era una institución para matar.

Así fue que, desde muy temprana edad, tuve en mi cabeza una imagen de un caballo que se diferencia enormemente del oso esgrimidor del que habla Kleist1. El oso sigue siendo criatura. Puede mirar al hombre a los ojos como si leyera el alma humana en ellos. Al pie del manzano silvestre, el hombre y el caballo ya no sienten curiosidad alguna por sus respectivas almas. Es demasiado tarde para la inteligencia del oso y del hombre, esa inteligencia que engaña y protege a cada uno del otro. Ya no cabe esperar que «…en la medida en que el mundo orgánico se debilita y oscurece la reflexión, [haga] su aparición la gracia cada vez más radiante y soberana»2. Esta idea se ha despojado a sí misma de su validez; y, por desgracia, no sólo porque un caballo matara a un niño. Después del socialismo y del estalinismo, el mundo ya no puede llegar al lugar donde para Kleist «se presenta de nuevo la gracia cuando el conocimiento ha pasado por el infinito»3. Yo habría podido emprender la búsqueda de esa inocencia, pero no me hubiera servido de nada. Porque fui engendrada después de la Segunda Guerra Mundial por un soldado de las SS regresado del frente. Y nací en el estalinismo. Un padre determinado y un momento determinado… dos hechos que hacen inviable esa «reaparición de la gracia».

De qué servía, a partir del día en que el caballo mató al niño, que en aquel pueblo se siguiera diciendo: «Todas las criaturas de este mundo son buenas por naturaleza». De aquel caballo nadie pudo decir eso en el momento crucial. Y de qué servía la superstición que, a partir de aquel día, seguía diciendo: «De una casa nueva siempre tiene que salir alguien». Ofrecía una respuesta que excluía al caballo pero mencionaba la casa nueva a la pregunta de por qué había muerto el niño. Por consiguiente, aquella muerte había sido una necesidad.

El derecho del caballo a ser criatura y la respuesta de la superstición debían rechazarse en aquel momento. Son dos cosas que sólo pueden sostenerse en la vida cuando ésta es difícil pero, con todo, bastante más fácil que la muerte.

En la frase: «Todas las criaturas del mundo son buenas tal y como son», la palabra «criatura» está utilizada por respeto. Sin embargo, también existían las palabras «criatura» o «ser» en un sentido muy distinto: «esta criatura» o «este ser», dichos de una persona, eran un insulto grave tanto en el alemán del pueblo como en la lengua del país, el rumano.

Hasta las plantas dejaron de tener una existencia independiente, natural. Los setos de tuya o los abetos crecían alrededor de las casas del poder. También allí seguían siempre verdes. Protegían algo que la mayoría de las personas del país no podían soportar. Se habían escindido de entre las plantas para pasarse al lado del poder. Y no sólo ellos, también los claveles rojos, también las rosas rojas. Sus colores, formas y fragancias decoraban las actuaciones públicas del poder. Cierto es que los poderosos habían abusado de las plantas, pero sólo porque éstas tenían cualidades que se prestaban al abuso. Los gobernantes tienen un sexto sentido para eso. Cuando se adueñaban de algo, entonces yo lo descartaba por principio. Lo que ellos combatían se volvía valioso para mí. En realidad no me quedaba elección a la hora de escoger por mí misma las personas o las cosas que me gustan. Únicamente podía elegir de entre aquello que todavía no habían hecho suyo. Eso era un punto de partida, el único incluso.

Cuando llevaban a Ceauşescu al campo, en coche o en avión, en alguna de sus incontables visitas a los trabajadores, los campesinos tenían que tomarse el arduo trabajo de cortar las amapolas silvestres de los campos de trigo. Según decían, el gobernante, cuya persona representaba mucho más que a un pueblo, se ponía nervioso al ver amapolas silvestres. Si iba a una cooperativa de producción agraria, lavaban a las vacas con detergente. Pero si luego, a través del pelo reluciente, a las vacas se les veían todos los huesos porque estaban escuálidas, las escondían. Para todas las visitas del gobernante había un rebaño bien alimentado que se colocaba en el pasto justo antes de que él llegara. La gente llamaba a esas vacas «vacas presidenciales». Estaban acostumbradas a los innumerables viajes, se habían adaptado a que las transportaran de un sitio a otro. Las soltaran donde las soltaran, se quedaban tan a gusto, quietas bajo el cielo, y al punto se ponían a comer de una hierba que no habían visto nunca. Cuando Ceauşescu visitaba una ciudad a finales del verano, a las primeras hojas amarillas de los tilos les daban una mano de pintura verde.

Qué queda de...