Caminos ocultos

by: Tawni O'Dell

Ediciones Siruela, 2012

ISBN: 9788498419535 , 336 Pages

Format: ePUB, PDB

Windows PC,Mac OSX suitable for all DRM-capable eReaders Apple iPad, Android Tablet PC's Palm OS, PocketPC 2002 und älter, PocketPC 2003 und neuer, Windows Mobile Smartphone, Handys (mit Symbian)

Price: 8,99 EUR

More eBook Details

Caminos ocultos


 

1


Todas aquellas veces que Skip y yo intentamos matar a su hermano pequeño, Donny, fueron sólo por diversión. No dejo de repetírselo a los ayudantes del sheriff, que no dejan de coger sus vasos desechables de café y salir de la habitación, para volver a los pocos segundos y plantar sus gordos traseros en la mesa con tablero de metal que tengo delante y lanzarme miradas tristes de cansancio que serían casi tiernas si no encerraran tanto odio. Me dicen que les dan igual Skip y Donny. No les interesa oír cosas que hiciera de pequeño. Ahora tengo veinte años. Seré JUZGADO COMO UN ADULTO. Las palabras les salen de la boca en letras mayúsculas con sabor a tabaco de mascar y se quedan suspendidas en el aire delante de la luz fluorescente de la habitación. Estiro los brazos para tocarlas pero, antes de poder hacerlo, vuelven a desvanecerse y uno de los ayudantes del sheriff me golpea para que baje las manos, que tienen manchas del color de rosas marchitas. No dejan que me las lave.

Quieren que les hable de la mujer. Me echo a reír. ¿Qué mujer? Mi vida está plagada de mujeres. De todas las edades, formas, tamaños y grados de pureza.

–La mujer muerta de la oficina minera abandonada que hay detrás de las vías del tren –dice uno de ellos, que parece que va a echar la papilla por la cara que pone.

Cierro los ojos y visualizo la oficina. El tejado lleno de enormes agujeros. Los tablones del suelo, con la madera podrida y cubiertos de cristales de las ventanas rotas, de tornillos y pernos oxidados y de trozos de hierro aplastado que hace mucho tiempo formaron parte de algo mayor. Cuando por fin la llevé allí, no me pidió que lo barriera. Dijo que quería dejarlo todo como estaba porque sabía que era un lugar especial para mí. Dijo que le encantaba la calma que reinaba allí, por la decadencia y el abandono. Le gustaba el arte y a veces su forma de hablar sonaba como un cuadro.

La ira empieza a crecer dentro de mí, con orden y precisión, como una pirámide perfecta de estacas que se van apilando para encender una hoguera. Me empiezan a temblar las manos y me siento encima de ellas para que los policías no se den cuenta.

–Skip y yo usábamos la oficina minera como guarida secreta –contesto, sonriendo, al tiempo que el fuego se enciende con un rugido dentro de mí. Muy pronto no seré más que un esqueleto negro de ceniza que se desintegrará al mínimo roce, pero nadie lo notará desde fuera.

Los ayudantes del sheriff sacuden la cabeza, gruñen y resoplan al oírme mencionar a Skip. Uno de ellos manda una silla plegable al otro lado de la habitación de una patada. Otro dice:

–El chaval está en estado de shock.

El otro dice:

–No le vamos a sacar nada RELEVANTE ni COHERENTE esta noche.

Estiro los brazos para tocar también esas palabras y esta vez me llevo un golpe en la cabeza en lugar de en mis pegajosas manos.

–Más vale que empieces a hablar –dice el sheriff, que hace una pausa para escupir un perdigón marrón de tabaco de mascar en un bote de café vacío antes de añadir «hijo» a su sugerencia.

Es el único de los presentes al que conozco. Me acuerdo de él en el juicio de mi madre, hace dos años. Testificó que mi madre se había entregado voluntariamente después de disparar a mi padre. Huele a sofá meado.

Empiezo a hablar, pero lo único que me sale son otra vez las mismas historias sobre Skip y sobre mí, sobre cómo nos pasábamos horas en la vieja oficina minera comiendo sándwiches de mortadela y tramando nuestros planes contra Donny. Decíamos que era una guarida secreta a pesar de que Donny sabía dónde estábamos. Era secreta porque él no podía llegar hasta ella. Era demasiado pequeño para subir la colina y atravesar la maleza feroz que rodeaba la oficina como alambre de espino de la naturaleza.

Se nos ocurrieron algunos planes geniales. Una vez doblamos un pequeño abedul, lo sujetamos al suelo con una piqueta de una tienda de campaña, le atamos una cuerda con una lazada y atrajimos a Donny con un pastelito de chocolate HoHo envuelto en brillante papel de aluminio para que se pusiera en el centro. Se suponía que el árbol tenía que soltarse, coger a Donny de los tobillos, lanzarlo y causarle la muerte, pero nos dimos cuenta demasiado tarde de que no habíamos resuelto cómo conseguir que el árbol hiciera eso, así que Donny simplemente se terminó el pastelito y se fue.

Otra vez soltamos un montón de canicas en las escaleras del porche trasero y le gritamos que saliera, que teníamos una caja de galletas Little Debbie rellenas de crema para él. Salió corriendo de la casa, pero, en lugar de resbalarse y caerse por las canicas, fue patinando hasta detenerse, se sentó y se puso a jugar con ellas.

Otra vez le prometimos una caja de galletas crujientes de chocolate Little Debbie a cambio de que nos dejara atarle de pies y manos y dejarlo tumbado en las vías del tren, pero eran vías para trenes de carga –las mismas que pasan junto a la vieja mina– y todos sabíamos que no había circulado ningún tren por ellas desde antes de que naciéramos. Donny se cansó de esperar la muerte y empezó a arrastrarse hacia casa culebreando.

Nuestro plan más ingenioso fue seguramente aquella vez que pusimos un paquete de pastelitos Zingers de Dolly Madison debajo de la puerta abierta del garaje, nos escondimos con el mando y lo pulsamos cuando Donny se sentó a comérselos. No notó, o no le importó, que la pesada puerta comenzara a bajar hacia su cabeza con un chirrido. Nos quedamos observándolo asombrados, sin poder creer que finalmente fuéramos a conseguirlo, pero yo me asusté, salí corriendo y lo aparté para ponerlo a salvo. Lo salvé. Parece que no consigo hacer entender a la policía lo que dice eso sobre mi carácter.

–Eso es lo más cerca que yo había estado en mi vida de un asesinato –explico– hasta que mi padre…

El sheriff me interrumpe. No quiere que me ponga a hablar de eso otra vez. Ya sabe todo lo de mis padres. Todo el mundo lo sabe. Salió en los periódicos y en todas las cadenas de televisión.

Él fue quien estuvo allí, me recuerda. No yo. Yo ni siquiera estaba en casa. Él fue quien entró y encontró a mi madre con un cubo de agua con jabón roja, frotando con calma las manchas del papel pintado de su cocina con su marido tendido en el suelo a treinta centímetros de ella, inmóvil sobre las baldosas en un charco de sangre espesa y pegajosa, mirándola fijamente con unos ojos como los de un trofeo de caza. Él fue quien encontró a mi hermana pequeña acurrucada en una de las casetas de los perros, totalmente cubierta de vómito porque había acabado devolviendo de tanto llorar, y eso que a Jody nunca le había gustado papá. Él fue quien vio cómo metían a papá en una bolsa para cadáveres y cerraban la cremallera. No yo. Yo nunca pude volver a verlo. El funeral fue con el ataúd cerrado. No sé muy bien por qué. Mamá le disparó en la espalda.

De eso ya hace casi dos años, me recuerda el sheriff. Ya no le importa a nadie. No es RELEVANTE.

–Define relevante –le digo.

El ayudante que no deja de pegarme me agarra de la pechera de la chaqueta de caza de camuflaje de mi padre y me levanta de la silla. Tiene dos grandes manchas de sudor en las axilas. Hay casi treinta grados. Mucho calor para ser la primera semana de junio.

–Háblanos de la mujer –me grita.

No sé por qué no dicen su nombre. Supongo que están esperando a que lo diga yo. A que admita que la conocía. Bueno, claro que la conocía. Ellos lo saben.

Vuelve a sentarme bruscamente en la silla y las palabras JUZGADO COMO UN ADULTO me aparecen delante de los ojos, con un brillo y un zumbido como los de un letrero de neón. No sé por qué no soy capaz de hablar de ella. Cada vez que abro la boca me sale algo sobre Skip y eso que ya ni siquiera somos amigos.

Yo siempre supe que Skip se iría. Sus constantes maquinaciones nunca acabaron de encajar en estas tranquilas y heridas colinas de la forma en que sí encajaba el amor ciego de Donny por la bollería industrial. Donny se quedará aquí para siempre. Lo veo todas las mañanas cuando voy a trabajar a Barclay’s, a un lado de la carretera, esperando el autobús escolar como un tocón.

–Skip ya no está aquí, se fue a la universidad –digo.

Todavía estoy observando las palabras, así que no veo venir el puñetazo. Siento el calor de la sangre que me cae por la barbilla antes de sentir el dolor. Unas gotitas rojo brillante salpican la pechera de la chaqueta de papá, donde la sangre de ella ya se ha secado y ha formado una costra marrón. Están todo el rato intentando que me quite la chaqueta. La gente siempre lo está intentando.

Oigo decir al sheriff:

–Por Dios, Bill, ¿era necesario hacer eso?

Creo que el sheriff va a volver a presentarse a las elecciones el año que viene. Supongo que entonces tendré edad suficiente para votar si es que quiero hacerlo. VOTAR COMO UN ADULTO. Aunque creo que seguramente no le votaría. No es que me caiga mal, y además no sé nada sobre su postura con respecto a las medidas para hacer cumplir la ley, así que no puedo decir que esté en desacuerdo con él. Mi voto se basaría exclusivamente en el olor.

Me toco la nariz, donde acabo de llevarme el puñetazo, y decido contarles la VERDAD. Quién es culpable. A quién hay que acusar. A quién habría que meter entre...