El Siglo de la Zarzuela - 1850-1950

by: José Luis Temes

Ediciones Siruela, 2014

ISBN: 9788416120475 , 504 Pages

Format: ePUB, PDB

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Price: 11,99 EUR

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El Siglo de la Zarzuela - 1850-1950


 

PRELUDIO (en tres tiempos)


I


No creo exagerado afirmar que la zarzuela fue el movimiento artístico de mayor dimensión y arraigo social de la historia de la cultura española. Con esta aseveración no estoy diciendo, claro es, ni que la zarzuela haya sido el fruto artístico de mayor envergadura que haya dado España ni que otros movimientos no hayan aupado el arte español a cimas de mayor excelencia. Pero sí creo que, si el calado de un fenómeno cultural puede medirse por la manera en que lega para la historia una manera de sentir y pensar de un pueblo, y por la pervivencia en el tiempo de tal fenómeno, nunca antes ni después la sociedad española se ha visto mejor identificada en sus ideales y en sus modelos –para bien y para mal, no hay duda de ello– que como lo fue la España de la zarzuela.

A diferencia de otros géneros musicales de ámbito más restringido o excluyente –la ópera cortesana, el flamenco, el romancero popular, la polifonía renacentista…–, la zarzuela impregnó todas las clases sociales. Unió, como ningún otro y durante nada menos que cien años, a aristócratas y obreros; a monjas y anticlericales; a liberales y conservadores; a catalanes, extremeños, gallegos, madrileños o andaluces… Sirvió de reencuentro entre los «españoles de España» y los «españoles de América», hijos o nietos de aquellos en sus antiguas colonias ultramarinas. La zarzuela fue tomada como seña de identidad tanto por las monarquías de cuatro reinados (Isabel II, Amadeo de Saboya, Alfonso XII y Alfonso XIII) como por los gobiernos de las dos Repúblicas o por el régimen vencedor tras la guerra civil (en cuyo transcurso, por cierto, había sido asumida por ambos bandos –radicalmente enfrentados en todo lo demás– como algo propio, prácticamente idéntico en ambas carteleras). La zarzuela integró géneros musicales y literarios muy diversos, y a su desarrollo le debe mucho, aunque nos parezca paradójico, la liberación de la mujer en la España de su tiempo. Abierta a la sátira y crítica desde la ironía –nunca desde la amargura–, la zarzuela plasmó el mejor testimonio de la manera de sentir de un siglo de historia de los españoles e hispanos. Y es ese segmento de nuestra historia –1850-1950, aproximadamente– el que da título a nuestro libro: El Siglo de la Zarzuela.

Sé que algún lector pueda pensar, y con razón, que también las músicas ligeras recientes, desde la copla hasta el pop, han hundido muy marcadamente sus raíces en la cultura cotidiana de muchos millones de hispanos. Es cierto, pero estos géneros no han sido nunca ni tan interclasistas ni tan intergeneracionales como a primera vista parece: difícilmente en 1984, por ejemplo, veríamos a un grupo de abuelos de setenta años en un concierto del grupo Mecano; o rara vez quienes eran veinteañeros en 1995 comprarían discos de boleros de Antonio Machín. Y es que estos fueron grandes fenómenos de masas, sí, pero arropados en cada caso por sectores muy concretos de la población, generalmente por segmentos de edades. No así la zarzuela, que acompañó desde la cuna hasta la tumba a los españoles de seis generaciones.

II


El español de hoy sabe muy poco sobre zarzuela.

Más aún: el español de hoy, el aficionado a la música, el músico profesional o el espectador teatral de nuestro tiempo… saben muy poco sobre zarzuela.

O incluso más aún: lo poco que el español medio de hoy sabe sobre zarzuela es una mezcolanza heterogénea –y en gran medida, equivocada– a partir del testimonio nostálgico de sus padres o abuelos, más una serie de tópicos sociológicos –sobre todo, en torno a «lo zarzuelero» como expresión de una España pretérita y cutre–, más una simplificación del repertorio en unas pocas melodías facilonas. También he constatado que buena parte de los jóvenes del presente asocia el vocablo «zarzuela» a la España del franquismo, asociación no solo falsa, sino incluso reversible: el régimen impuesto tras la guerra supuso, sin duda sin pretenderlo, el final de la zarzuela como género vivo.

O quizá la cosa es aún más sencilla: a la mayoría de los españoles de las últimas generaciones no les importa nada la zarzuela. Hay ya toda una generación de españoles que, por usar su propio lenguaje, pasa ampliamente de la zarzuela, vocablo que no ejerce para ellos el más mínimo atractivo ni artístico ni sociológico; o que apenas sabe siquiera que existe.

Pero creo que hay también, a pesar de lo anterior, un buen número de aficionados muy dispuestos a acercarse hoy, con actitud nueva, al género de la zarzuela y a curiosear sin prejuicios sobre aquellas músicas y libretos que hicieron las delicias de muchos millones de españoles e hispanos. Es esa certeza de que existe hoy ese público culto –llamo «culto» al sencillamente «curioso», pues la curiosidad es la madre de toda cultura–, dispuesto a redescubrir la zarzuela sin nostalgias apriorísticas pero también sin reparos intelectualoides, la que nos ha movido, a editorial y autor, a elaborar el libro que tienes en tus manos, querido lector.

Coincidimos, por ello, en que este debía de ser un libro de síntesis, más a lo ancho que en profundidad; condensatorio de las mil caras desde las que hoy debe ser considerada la zarzuela, pero reducido a conceptos claros, casi esquemáticos. Para que luego el lector, si lo desea, profundice en algún aspecto o autor en concreto.

III


Para quienes ya tengan un cierto conocimiento sobre la zarzuela, y para quien utilice este libro como texto didáctico –no lo es específicamente, pero tampoco deja de serlo–, advierto cuatro criterios que se contienen en las siguientes páginas, que no son los habituales en la consideración musicológica de nuestro tema:

Primero: llamaremos «zarzuela», y ese será nuestro único objeto de estudio, al género lírico popular español que surge en torno a 1850, y que es lo que la inmensa mayoría de los españoles e hispanos entendemos por «zarzuela». Dejamos a un lado, pues, los antecedentes que se remontan a la denominada zarzuela barroca, la tonadilla escénica, etc.; y pensamos que la musicología pudiera buscar fórmulas futuras para no confundir al aficionado vinculando dos o incluso tres géneros tan distantes en su estética y en su sociología.

Segundo: consideramos normalizadamente como zarzuelas, puesto que sin duda lo son, las correspondientes a sus géneros derivados, como la opereta, la zarzuela catalana, la zarzuela hispanoamericana e incluso las que en forma de revistas o comedia musical se estrenaron después de la guerra civil.

Tercero: circunscribimos la historia de la zarzuela a los cien años que van desde 1850 hasta 1950; no solo las fechas coinciden casi al milímetro con la historia viva de la zarzuela (quizá, afinando, más cabría fijar de 1849 a 1948), sino que ese periodo, además, nos conforma un esquema facilísimo de estudio: los cincuenta años finales del siglo XIX y los cincuenta años primeros del siglo XX, tomando como vértice no solo el cambio de siglo en el sentido aritmético, sino la crisis de 1898, con lo que ello supone en la sociedad española.

Y cuarto: no dividiremos la historia de esos cien años en las habituales tres etapas (como se suele hacer en casi todos los textos), sino en cuatro; que resultan así coincidentes con las cuatro generaciones de españoles que se dan el relevo durante ese tiempo, si consideramos, como es habitual, que una generación, en cualquier tipo de estudio, corresponde a unos veinticinco años.

Sé que estos cuatro criterios son discutibles (especialmente el primero), pero son fruto de amplia reflexión y del principio de esquematismo que debe iluminar cualquier trabajo divulgativo. En el primer capítulo de este libro ampliaremos la razón de esos cuatro criterios.

Todo ello debería ir paralelo, en el lector inquieto, a la escucha de las músicas y los textos que son el eje de toda esta historia y que iremos citando en el libro. Es decir, al conocimiento y disfrute de las obras mayores del Siglo de la Zarzuela. Pero esto tiene algo de entelequia, pues no es fácil para el aficionado actual hacerse idea del valor real de aquellas obras músico-teatrales: las representaciones de zarzuela en vivo no son frecuentes hoy en los teatros españoles, y las grabaciones discográficas disponibles cubren solo una pequeña parte del repertorio. Además –digámoslo abiertamente, aunque nos duela–, una gran parte de estas grabaciones son de muy mala calidad artística y técnica, por lo que apenas podemos concederles un valor testimonial. La poca autocrítica artística que la zarzuela ha tenido –y tiene– consigo misma ha sido también un factor muy negativo para su propia historia: todos hemos presenciado a un cierto público acoger con vítores y lágrimas versiones objetivamente muy malas –tengo la tentación de escribir que «impresentables»–, que serían rechazadas en el género sinfónico, y no digamos en el de cámara. Es evidente que ese entusiasmo es más sentimental o sociológico que propiamente artístico; no seré yo quien lo descalifique, pero una cosa es la legitimidad de esa nostalgia y otra el que la acumulada falta de exigencia artística para nuestro género lírico popular ha terminado perjudicando muy gravemente su propia imagen.

Así pues, en las siguientes páginas nos situaremos tan lejos del desaprecio hacia la...